295/2026

Una noche con Alondra de la Parra en el FCZ

Zacatecas, Zac., 8 de abril de 2026.

Hace días, el actor Timothée Chalamet desató una discusión al cuestionar la relevancia de disciplinas como la ópera o el ballet, sugiriendo que se mantienen más por un afán de preservación que por una conexión real con el presente. La respuesta de Alondra de la Parra a través de sus redes sociales fue clara: no se trata de mantener vivo algo que está en riesgo, sino de reconocer que sigue profundamente vivo.

    Lo ocurrido en la Plaza de Armas durante el XL Festival Cultural Zacatecas (FCZ) confirmó esa idea: miles de personas reunidas en un mismo espacio, convocadas para presenciar uno de los eventos más significativos de esta edición.

    En el FCZ la jornada no se detiene, y en ese tránsito constante, la prensa —también la universitaria— se vuelve testigo, puente y memoria de lo que ocurre. Porque documentar la cultura no es solo registrar: es visibilizar, democratizar, acompañar, sostener y dar continuidad a lo que se construye en colectivo.

    Salíamos de cubrir otro evento y nos dirigíamos hacia la Plaza de Armas; entre la multitud nos abrimos paso, conscientes de que nuestro trabajo nos esperaba, pero sin imaginar que lo que veríamos nos conmovería hasta el corazón. El público, denso y expectante, marcaba el rumbo; no hacía falta preguntar, algo increíble estaba por suceder. El lugar parecía contenerse en un mismo pulso y cuando Alondra de la Parra apareció en el escenario, el murmullo se transformó en atención.

    Entre la gente, un niño se subía a las vallas de contención y, desde lejos, dibujaba corazones con sus manos hacia Alondra. Bastó el alzamiento de su batuta y la música pareció cobrar cuerpo y forma ante nuestros ojos: cada movimiento dibujaba sonidos en el aire que se esparcían por la plaza, tocando a todos. La batuta no solo dirigía, sino que tejía un hechizo tangible, una magia que envolvía al público, transformando el espacio, los cuerpos y el ánimo de quienes estábamos allí.

Por un instante, la música se volvió visible…

    Acompañada por la Orquesta Filarmónica de las Américas —fundada en Nueva York para visibilizar a compositores e intérpretes del continente—, la directora desplegó un programa maravilloso, la Conga del Fuego Nuevo y el Huapango de José Pablo Moncayo no solo fueron ejecutados con precisión; cada nota encontraba eco en la acústica de la plaza y en la mirada emocionada de los asistentes, envueltos en la cantera rosa de la Catedral.

   Hubo momentos que desbordaron lo musical para convertirse en identidad compartida. La interpretación de la Marcha Zacatecas, de Genaro Codina, encendió al público, que respondió con orgullo y emoción, dándole identidad a los zacatecanos. Más adelante, el Danzón No. 2 desplegó una intensidad creciente que envolvió por completo la plaza.

    Como si respondiera a las palabras de Chalamet, la experiencia en Zacatecas mostró que no se trata de mantener algo “vivo” por inercia: la música y la cultura palpitan en cada rincón. Alondra de la Parra no solo dirigió una orquesta, reafirmó que el ballet, la ópera y la sinfonía siguen siendo lenguajes esenciales, capaces de convocar, emocionar y transformar. Y así, mientras la batuta se alzaba una vez más, quedó claro que el arte no necesita defensores: está vivo y sigue encontrando eco en quienes lo reciben.

   La apuesta del Instituto Zacatecano de Cultura no fue menor. Traer a Alondra de la Parra y un programa de esta magnitud coloca a Zacatecas en la conversación cultural nacional e internacional. No solo entretiene; provoca, cuestiona, transforma. Después de una experiencia así, ¿quién puede seguir dudando del poder del arte?

Texto y fotos: Sofía Arellano/ Revisión: Jael Alvarado.