Sed infinita: la obra de Isis Pérez en “Cachorros de Tigre”
Zacatecas, Zac., 29 de marzo de 2026.
En una de las salas del Museo Pedro Coronel no hay forma de avanzar sin rozar a alguien. La inauguración de “Cachorros de Tigre” reúne a un público compuesto por estudiantes, artistas, curiosos y habitués del circuito cultural, todos intentando mirar entre el flujo constante de cuerpos.
Hay saludos que se interponen en el recorrido, abrazos a medio pasillo, gente que se detiene sin saber exactamente frente a qué. Mirar requiere de cierta paciencia, hay que encontrar ángulos, esperar turnos, asomarse entre hombros.
La escena no es menor. La exposición, parte del Festival Cultural Zacatecas 2026, consigue algo que parece imposible: reunir más de un siglo de dibujo mexicano en un solo espacio y hacer que las voces de distintas generaciones dialoguen sin imponerse unas sobre otras. Lejos de sentirse caótico, el resultado de la muestra es preciso: cada obra encuentra su lugar y, al mismo tiempo, se enriquece con la presencia de las demás.
Impulsada por el Centro Nacional de las Artes, en colaboración con la Colección Ponce Kurczyn y el Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde, la exposición congrega el trabajo de más de cien artistas.
La curaduría de Héctor Vargas-Salazar, es clara: propone al dibujo como un lenguaje que no se agota, que cambia de forma, que se adapta, que insiste. Apuesta por abrir el campo del dibujo: descentralizar, mezclar generaciones, evitar jerarquías rígidas o cánones tradicionales.
El recorrido confirma esa intención. Exhibe un diálogo generacional que invita a reflexionar sobre la evolución del dibujo. Conviven piezas de Remedios Varo, Leonora Carrington, Manuel Felguérez, Pedro Coronel y José María Velasco, con las de creadores contemporáneos que han encontrado en el dibujo un medio de expresión propio, como Soria Conde, Carlos Amorales o Virginia Colwell, entre muchos otros.
La sala está llena. Cuerpos se cruzan, se esquivan, se vuelven a encontrar. Miradas buscan espacio entre otras miradas. El murmullo se desliza entre los muros. Y ahí, en ese cruce de tiempos, ahí donde el recorrido se vuelve experiencia, sucede otra cosa, hay algo más que habita el espacio.
PAUSA.
En la exposición, aparece una sed…
Una “sed infinita”.
La obra de la maestra Isis Pérez no irrumpe: se filtra. Como esa sensación de sequedad que no siempre tiene que ver con la falta de agua, sino con algo más difícil de nombrar. Su trazo no solo describe el desierto; lo encarna. Y entonces deja de ser sólo un paisaje para convertirse en un estado.
El desierto, en su lectura, no se trata únicamente de geografía. Es ausencia. Es pérdida. Es hueco. Es lo que queda cuando algo -o mucho- nos ha sido arrebatado, en lo personal o en lo colectivo. Entonces la obra se vuelve un gesto político, aunque no lo anuncie. Un gesto íntimo, aunque esté colgado frente a decenas de miradas.
Alrededor, la gente observa. Se acerca, se aleja, vuelve. Hay cuerpos que pasan, pero la obra permanece en otra temporalidad: una más lenta, como si exigiera al espectador despojarse de la prisa para poder habitarla.
Y pienso: quizá, en medio de la multitud, la experiencia se vuelve personal. Cada quien mira desde su propio desierto, desde su propia sed.
Al salir de la sala, algo permanece.
No hay una conclusión única.
Más bien, una sed: una sed infinita, que cada mirada siente de manera distinta.
Y la certeza de que el trazo sigue siendo un acto vital.
Al final, lo que queda no es únicamente la celebración de un siglo de dibujo, sino la certeza de que la participación de universitarios en el Festival Cultural Zacatecas no responde solo a una lógica de presencia institucional, sino a la necesidad de ocupar los espacios culturales desde la investigación y la creación. En este caso, la intervención de Isis Pérez no solo suma a la exposición: la habita, la cuestiona, la expande…
¿Quién se anima a mirar?
Texto y fotos: Sofía Arellano / Revisión: Jael Alvarado.











